Son aseveraciones plausibles en los objetivos y en el modus operandi de los conjurados. Al fin y al cabo, los dichos del sindicalista gastronómico recuerdan a su “si dejamos de robar por dos años este país se salva”. Alguien “de adentro”, ya “amortizado” y a prueba de escándalo no puede más que decir, en el plano de sus peculiares “saberes”, la “verdad y sólo la verdad”. Barrionuevo puede “fiscalizar” elecciones, lo que también implica que conoce muy bien cómo se hacen los “fraudes electorales”. Y tampoco es ajeno a “operaciones” desestabilizadoras de relevancia: se recordará la versión publicada en Ámbito Financiero -y nunca desmentida por el sindicalista- que consignó su participación clave en la caída de Adolfo Rodríguez Saá, en su breve paso por la presidencia, en ese verano caliente de 2001.
Gastronómicos a las órdenes de Barrionuevo propinaron un cacerolazo estridente al puntano, durante su refugio en la residencia de Chapadmalal. Rodríguez Saá entró en pánico en medio de ese microclima “destituyente” y voló a su San Luis, para despachar desde su sancta santorum su renuncia indeclinable.Hoy, como entonces, rumores que van y vienen, “operaciones” a diestra y siniestra, encuestas que hablan de una elección cerrada. Un clima sumamente crispado, evidencia incontrastable de que en estas elecciones se ha puesto en juego, ni más ni menos, que el poder político en la Argentina.
Todo vale, de un lado y del otro. Pero que todo valga, no significa que todo sea posible, en el supuesto caso de ser querido.Por lo menos, suena muy extraña la posibilidad de fraude en la provincia de Buenos Aires.
Primero, porque es muy difícil la ausencia masiva de fiscales, ya que de resultar alguna mesa no cubierta por los representantes de Unión-PRO, estarán los radicales y seguramente alguna fuerza de izquierda o vecinal. Es inimaginable una mesa bonaerense compuesta solamente por fiscales kirchneristas y con autoridades cómplices.
Segundo, porque uno o dos puntos en el porcentaje de electores, que serían supuestamente suficientes para hacer un fraude exitoso, representan miles y miles de ciudadanos bonaerenses.
Tercero, la presencia de los medios que saldrán a buscar el escándalo.Nadie niega que las técnicas conocidas para hacer trampa puedan ser efectivas en algún pueblo perdido del noroeste del país, pero no para decidir el resultado en las elecciones bonaerenses.Pero los argumentos pesan poco cuando el aire está cargado de conspiraciones. Simples coincidencias, felices o infelices, intencionales o fatales, disparan así un cúmulo de interpretaciones aviesas, amalgamándose con otras interpretaciones y trascendidos, multiplicándose las versiones, como flashes en un enceguecedor laberinto de espejos.
Eduardo Van der Kooy, desde su columna de Clarín, informa de una versión acerca del adelantamiento de las elecciones presidenciales, que el kirchnerismo “podría efectuar” en caso de una derrota en territorio bonaerense. Tuny Kollman, desde la edición de Página /12 del jueves 18, nos devela, con toda lógica, lo que ese adelantamiento implica: o la renuncia del vicepresidente Julio Cobos, o bien su contracara: que Cobos se haga cargo de la presidencia.
A las versiones sobre un Plan cacerola que se han consignado en esta columna se les sobreimprime naturalmente la foto de Francisco de Narváez con Julio Cobos de la semana pasada, y los pedidos de Elisa Carrió para que el vicepresidente se digne apoyar a los candidatos de la lista del Acuerdo Cívico y Social, del cual él es parte (al menos por carácter transitivo, ya que cuando deje de ser vicepresidente pasará nuevamente a ser afiliado de la UCR, partido que integra el Acuerdo).
Un cúmulo de operaciones, en suma, que amenaza con distorsionar y deslegitimar el núcleo duro sobre el que se asienta la escueta democracia argentina: a pesar de la debilidad de los partidos, a pesar de la fragilidad de sus reglas y controles institucionales, nunca se puso en duda el resultado de nuestras elecciones.
Hoy, todo converge para que ese último baluarte de la credibilidad ciudadana pueda quedar vulnerado en lo que se exhibe pornográficamente como una lucha sin límites por el poder.